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jueves, 8 de abril de 2010

Tiene ya sus años, pero siempre me sigue gustando ¡narcicista que es una!



Confieso el vértigo de leerte y sentir que tus palabras, hondas, profundas, penetran en mí como las olas bañan mi cuerpo.
Confieso, desde mi habitada soledad que no se me dan bien los acertijos y, quizás por eso, no tengo a nadie que regrese.
Confieso, desde el silencio que sólo apaga la música y el sol, que no tengo a nadie que me piense, hombre al fin que siembre semillas en mis labios.
Confieso no tener huellas que sigan mis pasos ni otras que perseguir.
Sin embargo confieso que pienso, que existo, aunque no me piensen.

© Ana I. Hernández Guimerá

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Archivé miedos


ARCHIVÉ MIEDOS,
coleccioné temores,
los días fueron
sucesiones
sin término
de lo inesperado,
desconocido.

Miradas extrañas,
que no conducían
a ninguna parte,
en la soledad
del corredor de fondo.

La arena no tuvo
huella.
La espuma no encontró
playa.
La sonrisa se hizo
mueca.

Y... enmudeció
la palabra.

© AIHG

lunes, 3 de diciembre de 2007

Al hilo de mis huellas



AL HILO DE MIS HUELLAS
perseguí tu imagen
acotando miradas
vacío insomne.

La mar dejó cenizas,
naufragios, astillas.
No hubo espumas
ni horizontes.

El sol lanzó quejidos
envió su luz,
ya cegadora.

Incendió la arena,
consumió los restos
y dejó la playa limpia
a la nueva vida.

© AIHG
Marzo 2006

martes, 20 de noviembre de 2007

Me educaron para ser


ME EDUCARON PARA SER

una niña buena:

atenta y respetuosa,

sincera, agradable.

Sin elevar el tono.

Siempre dispuesta,

amable y sonriente,

trabajadora, estudiosa.

Sabiendo cocinar,

poner bien una mesa,

ceder el paso,

mantener la puerta,

no hablar sin permiso,

y sentarme sin abrir las piernas.

Me formaron para ser

una linda señorita:

dispuesta a complacer,

cariñosa y sonriente,

a mal tiempo,

buena cara.

Elegir el hombre adecuado

y - hasta que la muerte

nos separe - no separarnos.

Buena madre,

mejor esposa,

querer, querer,

sin tasa, sin medida,

sin pensar en ti,

sin pensar....

Pero no me enseñaron,

que la vida es un vaivén.

Que hay escaleras

sólo de bajada.

Que hay puertas

cerradas por fuera.

Que hay sacrificio

con poco fruto.

Tuve que aprender

a doblar largas esquinas,

buscar la luna en la noche,

ir descalza por la arena,

perseguir estrellas,

olvidar los sueños

y sentir,

sentir,

sentir

que la soledad era esto.

© Ana I. Hernández Guimerá – Marzo 98